viernes, 10 de febrero de 2012

Senilidad, Capitulo XII (Fragmento)

     En la ribera, después de haber mirado el reloj, se de­tuvo. Allí el tiempo era mucho peor que en la ciudad. Al silbar del viento se unía, imponente, el clamor del mar, un aullido enorme compuesto de la unión de varias voces menores. La noche era espesa: del mar sólo se veía aquí y allá blanquear alguna ola que el caos había querido romper antes de llegar a tierra. En los barcos, en la ori­lla, estaban alerta y, en lo alto, en aquellos árboles que interpretaban la habitual danza cambiante en las cuatro direcciones, se veía alguna figura de marinero trabajar en la obscuridad y con peligro.
       A Emilio le pareció que aquel traqueteo cuadraba con su dolor. Le infundía aún mayor calma. El hábito literario le hizo pensar en la comparación entre aquel es­pectáculo y su vida. También allí, en el torbellino —en las olas, cada una de las cuales transmitía a otra el movi­miento obtenido por ella misma de la inercia, intento de elevarse que acababa en un desplazamiento horizon­tal—, veía la imposibilidad del destino. No había culpa, pero sí mucho daño.
       Junto a él, un robusto marinero, plantado sólida­mente sobre sus piernas cubiertas con grandes botas, gritó un nombre hacia el mar. Poco después, le respon­dió otro grito; entonces se lanzó hacia un poste cercano, desató un cable que estaba enrollado en torno a él, lo soltó y volvió atarlo. Lenta, casi imperceptiblemente, uno de los mayores quechemarines se alejó de la orilla y Emilio comprendió que había estado atado a una boya cercana para mantenerlo alejado de tierra.
       Entonces el robusto marinero adoptó una actitud muy diferente; se había apoyado en el poste, había en­cendido la pipa y en medio de aquella vorágine disfru­taba de su descanso.
     Emilio pensó que su desventura se debía a la inercia de su destino. Si, por una vez en su vida, hubiera tenido que desatar y volver a anudar a tiempo una cuerda, si le hubiesen confiado el destino de quechemarín, aun pe­queño, si le hubieran impuesto la obligación de sobre­pujar con su voz los clamores del viento y del mar, ha­bría sido menos débil y menos desdichado.

Italo Svevo.

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